La solidaridad por encima de otras virtudes

El sol resplandece sobre la capital tucumana. El mercurio marca 24° e indica una jornada agobiante en la capital tucumana, atípica para las temperaturas de agosto. Sandra aprovecha el calor y decide limpiar la vereda de su casa. Con el sol, el suelo se seca rápidamente y las baldosas lucen relucientes. Luego, Sandra se dirige a la cocina, pone la pava y se sienta junto a un modular.

La entrevista comienza

Sandra Isabel Hoyos tiene 39 años y es casada. Tiene cuatro hijos y una nieta.
En su casa, ubicada en el barrio San Francisco, actualmente funciona la Cocina Comunitaria Bon Appetit: “La prueba piloto de esta cocina se realizó en la Fundación Madre Tierra, ubicada cerca de aquí. Apenas cumplimos el mes de comodato nos informaron que teníamos que comenzar a pagar alquiler y no nos era posible hacerlo. Otro inconveniente era que no teníamos gas natural para cocinar y, de permanecer allí, los costos para producir alimentos iban a ser muy elevados”, comenta al recordar los inicios de su proyecto.

Cuenta que apenas un mes después, y luego de consultarlo con su familia, decidió mudar la Cocina a su domicilio: “Desde marzo del 2015 funcionamos aquí. A diario, recibimos a 17 familias, entre las que tenemos 90 personas, 40 niños que vienen a almorzar, a los que se les suman otros 30 para la merienda. Además, les ofrecemos distintos talleres culturales, actividades recreativas y clases de folclore, para que los chicos estén entretenidos y protegidos”.

Cada palabra de Sandra está cargada de emotividad. Se percibe el orgullo que siente por lo que hace. También, a través de sus vidriosos ojos se reflejan el esfuerzo y la dedicación que pone para que el espacio funcione.
De repente, el silencio se apodera de la sala. Sandra, visiblemente emocionada, se levanta y con un lento andar va en busca de un vaso de agua. Solo se respira solidaridad en el ambiente.

Tras unos minutos, Sandra vuelve a sentarse. Ceba un mate con azúcar, sonríe y asiente con su cabeza que está lista para continuar.

Describe la satisfacción que le produce estar al frente de este emprendimiento tan noble y que colabora con tantas familias en su comunidad: “Resulta gratificante saber que al abrir las puertas de mi casa, 90 personas recibirán su ración diaria de comida. Siento una dicha grande de saber que no solo a mis hijos no le faltará un plato de comida, sino que a todos sus vecinos y amigos tampoco. Además, el objetivo principal de las cocinas comunitarias, es que las mamás lleven la comida a sus hogares para que puedan compartirla en familia. La alimentación es fundamental para un desarrollo saludable”.

Sandra narra también los proyectos de Bon Appetit en un futuro cercano: “Tenemos un emprendimiento de cocina para celíacos en marcha, y si bien le faltan algunos detalles todavía, está muy encaminado. Ya las chicas hicieron la capacitación y ahora debemos buscar un lugar adecuado para evitar la contaminación cruzada. Esto, además de contribuir a que muchas personas que no toleran el gluten puedan tener más variedad en su alimentación, ayudará a los adolescentes de la cocina a poder sustentar sus estudios superiores”.

Parece mera coincidencia, como si hubiese estado pactado, pero en el momento en que Sandra terminaba de hablar de sus planes, ingresa a la cocina María Isabel Ruiz, su hija de 19 años.

Luego de un mate cebado por su madre, decide compartir su experiencia: “Desde hace unos años trato de colaborarle a mi mamá en lo que puedo. Antes ayudaba mucho en la cocina y con los talleres, pero ahora solo lo hago en mi tiempo libre, ya que atiendo por las mañanas un negocio que pusimos aquí cerca y aparte trato de terminar mis estudios de gastronomía en la escuela de Chef Patagonia”.

María Isabel rememora cómo fueron los comienzos de Bon Appetit y las sensaciones que le producía recibir a tantos niños en su casa: “La verdad es muy lindo, aunque debo admitir que al principio no me gustaba la idea porque me imaginaba levantarme a la mañana, salir despeinada y que todo el mundo me viera así. Pero bueno, cuando uno se da cuenta de lo importante que es, esas cosas pasan a un segundo plano, no son tan relevantes, como si lo es lo que vos das en el momento de estar aquí”.

Como ya detalló Sandra, María Isabel participa del proyecto de alimentos para celíacos, y eso la entusiasma mucho: “Me motiva poder colaborar en la producción de alimentos para celíacos. Hice una capacitación para poder especializarme en el tema, y ahora les transmito lo aprendido a las chicas de la cocina. Pronto podremos comenzar con la producción y así poder ayudar a algunas personas de nuestra comunidad”.

Sandra escucha atentamente el relato de su hija. El orgullo que siente parece no caber en una sola habitación. Está al borde de las lágrimas, aunque las contiene para poder continuar con su narración.
Expresa que a veces siente que su cocina es muy pequeña y le gustaría tener más espacio, no solo para preparar los alimentos, sino también para que los chicos estén más cómodos cuando realizan sus actividades: “Sería muy importante tener un espacio independiente para la cocina, no por nosotros, ya que nos encanta tener a los niños aquí, sino para mayor comodidad de ellos. Siento que lo principal es ser solidario, honesto y respetuoso de todas las personas, sin importar sus carencias y dificultades. Considero a cada uno de los chicos como parte de mi familia”.

Son casi las seis de la tarde y la hora de la merienda se acerca. En menos de diez minutos, la antesala de la cocina está colmada de niños y niñas que esperan por una infusión caliente y unas tortillas, para luego comenzar a bailar en el taller de folclore.

La entrevista termina

En Tucumán, actualmente funcionan aproximadamente 90 cocinas comunitarias, que a través de la Dirección de Políticas Alimentarias del Ministerio de Desarrollo Social, trabajan en el fortalecimiento de áreas comunitarias vinculadas a la nutrición infantil.

Este espacio está destinado a darle voz a los verdaderos protagonistas, porque cada “Historia de Cerca” es diferente, enriquecedora y guarda una enseñanza de vida que merece ser contada y compartida.

 

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