El espíritu de vivir la vida sin tener en cuenta la edad

Son casi las tres de la tarde y el termómetro marca apenas 11 grados. Es otra fresca jornada en Tucumán. El duro invierno parece no dar tregua y azota con crudeza.

En Tafí Viejo, a pocos kilómetros al noroeste del gran San Miguel, la temperatura es todavía unos grados más baja. Los taficeños se refugian del frío en sus hogares y las calles lucen desoladas.

Próximo a uno de los principales accesos de la ciudad, precisamente donde termina la calle Santa Fe, se encuentra el Instituto Gerontológico San Alberto. El hogar fue creado hace 30 años para la atención y cuidado de Adultos Mayores.

A pesar del insensible clima, Leticia espera a la hora pactada.

La entrevista comienza

Leticia Fastert nació en San Miguel de Tucumán el 24 de octubre de 1931. Tiene 85 años. Es hija única de inmigrantes alemanes, de Hamburgo para ser más exacto. Como muchos europeos, sus padres vinieron a comienzos del siglo XX en busca de una nueva vida y oportunidades en Sudamérica. Tras unos años, su padre consiguió empleo en la exCervecería del Norte, originalmente ubicada en Catamarca y España. En esa zona, Leticia pasó toda su infancia y gran parte de su adolescencia.

“Vivíamos en la calle Catamarca 1127, entre Italia y Uruguay, muy cerca del predio de la cervecería. Si bien siempre fuimos una familia muy reservada, teníamos buenos vecinos. Eran amables con nosotros y siempre nos saludaban”, rememora Leticia, mientras acomoda sus pertenencias y lleva su mano derecha hacia sus blancos cabellos.

También recuerda que era muy compañera de su madre, y que su papá era muy severo con ellas: “Mi mamá era bondadosa conmigo. Me cuidaba y acompañaba. En cambio mi padre tenía mal carácter. Creo que nunca aceptó tener una hija, ya que él quería un varón y siempre renegaba por eso”.

Leticia interrumpe su relato y mira a su alrededor. Tras un breve lapso, sonríe y continúa. Es una persona muy amable y cordial. Sus ojos turquesas son muy expresivos y reflejan una mirada tierna que conmueve.

Tiene entre sus manos un pastillero con su apellido en la tapa, lleno de píldoras de diferentes colores. Además, sostiene con firmeza una bolsa de tela color rosa claro con lunares verdes, que lleva consigo a donde va.

Al continuar su narración, cuenta que fue a la Escuela de Manualidades en San Miguel de Tucumán, donde estudió bordado a máquina, cocina y corte y confección. Agrega además que tuvo muchos “aspirantes” a su corazón, aunque nunca se casó.

Se define como una persona reservada, solitaria, y manifiesta que quizás esto tenga que ver con la condición de inmigrante de sus padres y la barrera idiomática que debieron sortear hasta que aprendieron a hablar español. De hecho, a veces cuando habla, Leticia balbucea alguna palabra en alemán e increíblemente aún tiene un dejo de acento teutón.

Rememora que cuando falleció su padre, se mudó junto a su mamá a una pequeña casa en Avenida Mate de Luna al 3400. Allí vivió incluso hasta diez años más después de la desaparición física de su madre.

Luego de esto, con casi  60 años y sin familiares, decidió mudarse de ciudad, a Tafí Viejo, a la casa de una enfermera que le había ofrecido cuidarla. La vivienda se ubicaba junto al Colegio Nuestra Señora de la Consolación.

De repente, y al acordarse de aquella época, reveló:”He vivido con una enfermera que era mala conmigo”.

Cuenta que el destino quiso que conociera a la hermana Pilar, religiosa que trabajaba en el vecino colegio, quien al interiorizarse de su delicada situación comenzó a tramitar a través del Pami su traslado al Instituto Gerontológico San Alberto, donde además la monja prestaba servicio voluntario.

Este recuerdo de un nuevo capítulo de su vida entusiasma a Leticia, quien tras una breve pausa, levanta la mirada y sonríe nuevamente. Parece traer a su memoria el feliz momento cuando se mudó al San Alberto: “Desde el 19 de febrero de 1997 este es mi hogar. Soy la residente más antigua de la institución y hasta hay una sala que lleva mi nombre aquí. Actualmente, estoy en la habitación 116, cama 24. En la cama contigua duerme mi compañera Marta Alicia Cardozo”, expresa Leticia, quien no puede disimular su emoción.

Además, agrega que se siente muy a gusto en el lugar y que los empleados la tratan muy bien: “Carla, una de las enfermeras que me cuida, tiene la amabilidad de llevar a su casa mi ropa para lavarla y perfumarla. Los demás empleados son muy atentos conmigo también”.

Para su edad, la memoria y lucidez de Leticia es admirable. Recuerda cada lugar en el que estuvo, las fechas exactas de los acontecimientos importantes en su vida y los nombres de cada persona que conoció. Todo está guardado a fuego en su corazón.

También, comparte con lujo de detalles cómo es un día en el instituto: “Me levanto bien temprano, ya que me gusta desayunar tranquila. Siempre tomo té con pan blanco, el cual dejo que se desintegre en el líquido para poder masticarlo mejor. Luego espero con ansias a la maestra, que todas las mañanas me lleva a la escuela de arte. Allí pasó gran parte del día, pintando dibujos que ella me propone, que no son del todo fáciles por cierto. Luego los firmo y guardo en mi carpeta. Lo que más disfruto y me gusta hacer es ir a la escuela, es la forma de mantenerme entretenida y poner a trabajar mis neuronas. Además, cuando hacen fiestas de cumpleaños o festejos, disfruto de los números artísticos y musicales”.

Leticia detiene su relato, eleva sus hombros y muestra las palmas de sus manos. Parece sentir que ha contado gran parte de su conmovedora vida, aunque aún falta un detalle importante. Sus últimos cinco años los ha compartido con un compañero inseparable, de nombre Mateo. Es un oso de peluche gigante color marrón, que le regalaron las autoridades y empleados de la institución cuando la homenajearon por sus quince años de residencia: “Mateo va conmigo a todos lados. El nombre me lo sugirió una persona que vive aquí y lo acepté. Cuando estoy en la habitación, lo siento en una silla al costado de la cama. Los otros residentes me lo codician porque es muy lindo”, afirma Leticia con una sonrisa y dirigiendo una cariñosa mirada hacia donde está Mateo.

Ya han transcurrido casi dos horas de charla, hasta que el momento de la merienda llega. Leticia saluda atentamente a Andrea, quien puntualmente viene a buscarla para conducirla al comedor. Ella empuja su silla de ruedas por un pasillo empinado, ancho y luminoso. Luego dobla a la izquierda en el medio de la galería, hasta llegar a una mesa redonda donde la esperan otros residentes. Agrega dos cucharadas de azúcar a un humeante té, levanta la mirada y sonríe.

La entrevista termina

Por determinadas circunstancias, ya sean familiares o médicas, algunos adultos mayores no tienen con quién compartir la última etapa de sus vidas. Instituciones como el San Alberto se transforman en su hogar, en donde profesionales los cuidan, contienen y acompañan.

Este espacio está destinado a encontrar la voz de los verdaderos protagonistas, porque cada “Historia de Cerca” es diferente, enriquecedora y guarda una enseñanza de vida que merece ser contada y compartida.

Reseña histórica

El Instituto Gerontológico San Alberto se encuentra ubicado en calle Santa Fe (última cuadra) de la Ciudad de Tafí Viejo, provincia de Tucumán, localizado en la zona de pedemonte a 16 km de la Capital.

Es una residencia de larga estadía dependiente de la Secretaría de Niñez, Adolescencia y Familia del Ministerio de Desarrollo Social de Tucumán. Fue fundado el 17 de julio de 1987 durante el gobierno de Fernando P. Riera para dar albergue y atención socio-sanitaria a ancianos vulnerables de diferentes localidades de la provincia. Durante los primeros años, la atención se centró solamente a adultos mayores ambulatorios, los que recibían tratamiento médico, rehabilitación y talleres para la tercera edad.

A partir del año 1994, se realizan convenios con obras sociales, PAMI y PROFE, para que sus afiliados cuenten con el beneficio de la internación geriátrica. También se comienzó a brindar albergue a aquellos Adultos en condiciones de vulnerabilidad y riesgo social, derivados de la -en ese entonces- Dirección de Jóvenes y Adultos Mayores.

En el año 2003, la Dirección del Instituto queda a cargo de un médico geriatra gerontólogo y a partir de allí se inicia un proceso de cambio y transformación del paradigma vigente, con el fin de sustituir el concepto de asilar y biomedicalizar por el de una presentación gerontológica fundada en el derecho de los Adultos Mayores como personas capaces de desarrollo.

Estas transformaciones de los Centros Residenciales no traducen más que la demanda que la sociedad requiere, en función de la problemática dinámica y cambiante del colectivo al que atiende.

La misión del Instituto Gerontológico es brindar una atención integral e interdisciplinaria a adultos mayores, en situación de vulnerabilidad bio-psico-social desde el paradigma de los Derechos Humanos.

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