La perseverancia y el esfuerzo como filosofía de vida

El reloj marca las 15:45 h. Caía la fría tarde en la capital tucumana y Francisco Acuña esperaba a la hora pactada, en el galpón donde desarrolla el oficio de herrero desde hace cinco años.

Luego, se acerca hasta una enorme estructura de chapa pintada de blanco, saca ágilmente los tres candados y empuja con dureza la puerta corrediza hasta abrirla. Levanta la mirada, y con una cordial sonrisa ingresa al que él denomina su lugar en el mundo.

Francisco tiene 29 años, es soltero y papá de Florencia, de cuatro años. Es el mayor de cuatro hermanos. Se crió en el Barrio Juan XXIII, también conocido como “La Bombilla”. Considera que la zona es marginada por su mala reputación, pero cuenta que es un barrio como cualquiera, donde viven personas trabajadoras y de muy buen corazón.

Completó sus estudios primarios y secundarios en una escuela de la zona, Solidaridad y Paz (SE 646), la cual recuerda con afecto y en donde conoció a personas que lo marcaron en su vida profesional y lo ayudaron a progresar.

Además de la escuela, Francisco guarda otros recuerdos imborrables de su infancia: “Siempre me acuerdo de una canchita de tierra, a la vuelta de mi casa, en donde jugábamos con mis amigos al fútbol, y entre pelota y gambetas, compartíamos mil anécdotas, risas y hasta nos animábamos a soñar”, recuerda Francisco con los ojos llenos de lágrimas.

Además, revive y comparte otro pasaje de su niñez que lo marcó a fuego: “A diferencia de otros chicos, tuve que trabajar desde muy pequeño para poder estudiar y ayudar en mi casa. Con mis amigos limpiábamos vidrios de autos en los semáforos, y también vendíamos Mentitas, que estaban de moda en esa época”.

Y fue precisamente en un semáforo en donde el destino llamó a su puerta. Allí conoció a profesionales de la Secretaría de Niñez, Adolescencia y Familia del Ministerio de Desarrollo Social, quienes asistieron y acompañaron a Francisco y a sus amigos para abandonar la situación de calle. Además, los vincularon a un comedor, donde recibieron complemento nutricional y también participaron en la producción y distribución de la revista “El Volantín”.

Tras ese día, la vida de Francisco había tomado otro rumbo, pero los cambios continuarían. En una de esas tardes en el comedor entre mate cocido con tortillas y juegos, la encargada de cocina le comentó que el Ministerio de Desarrollo Social estaba por lanzar el programa Argentina Trabaja, y Francisco no dudó en inscribirse, ya que veía en él la oportunidad de desarrollar su pasión, el oficio de herrero, el cual había aprendido gracias a un profesor durante la secundaria.

Su relato continúa, y aunque Francisco no deja de mencionar a sus amigos de la infancia, se siente afortunado también de haber conocido a nuevos colegas: “Me gustaría que mi historia sirva de ejemplo para chicos, que quizás hoy no la están pasando bien, para que no bajen los brazos y vean que cuando uno se propone algo lo puede lograr”.

En cuanto a su actividad, se muestra orgulloso de formar parte del Programa Argentina Trabaja: “La cooperación de mis compañeros me ha hecho crecer en lo personal y además hemos evolucionado como grupo. Permanentemente nos trazamos objetivos más ambiciosos, ya que confiamos en nuestras capacidades, pero además queremos retribuir con esfuerzo y trabajo la ayuda que el Estado nos brindó, para contribuir a mejorar la ciudad y la sociedad con nuestros productos y espacios públicos como escuelas, plazas y centros asistenciales”.

Pero Francisco no se conforma con lo que ha logrado y anhela continuar con su progreso. Estudia Auxiliar Administrativo Contable y sueña con comenzar la tecnicatura en Higiene y Seguridad.

Francisco no ha parado de hablar durante la entrevista. Abre y cierra sus ojos, inhala profundamente y mueve su cabeza, como no pudiendo creer todo lo que ha contado. Además, hincha su pecho y aprovecha para comentar de su proyecto personal: “Estoy construyendo mi propio taller de herrería, pero además de producir cosas convencionales con hierro, quiero poder crear piezas únicas, artísticas, distintas, y pongo todas mis energías en este emprendimiento”.

Después de casi una hora de charla, Francisco culmina su relato. Con los ojos vidriosos, se pone de pie, suspira y sonríe. Tiene la satisfacción de haber contado parte de su vida y de que esto servirá de ejemplo a muchas personas; sus sueños, de a poco, se convierten en realidad.

La experiencia de Francisco Acuña, muestra como las políticas públicas bien aplicadas contribuyen a que personas en situación de vulnerabilidad, con el acompañamiento del estado, puedan soñar con un futuro próspero.

Cada “Historia de Cerca” es diferente, enriquecedora y guarda una enseñanza de vida que merece ser contada y compartida.